PRENSA

Discurso del presidente Jorge Knoblovits. Acto Día del Holocausto

La Shoá no es un tema judío.

Eso lo saben bien quienes conducen y sostienen el Museo del Holocausto, Marcelo Mindlin y su equipo, que abren sus salas a toda la ciudadanía en un empeño docente que no cesa.

La Shoá no es un tema judío, es un infierno abierto en el corazón de la historia.

Seis millones de civiles, incluyendo chicos, mujeres y ancianos, masacrados de las formas más horribles que se puedan imaginar, hace sólo 80 años, un rato en términos de historia.Un régimen entero cuyo objetivo consistía en eliminar a los judíos de la faz de la tierra… ¿Puede la humanidad considerarse al margen de tamaño crimen? ¿Puede alguien decir, con honestidad y conciencia tranquila, “a mí no me importa”? ¿Eso no tiene nada que ver conmigo?

Quisieron matarnos. Matar nuestros cuerpos, nuestras ideas, la cultura, nuestros valores. Quisieron matar a nuestros padres y a nuestros hijos. Pero no pudieron. La Solución Final no fue ni solución ni final. Aquí estamos y seguiremos estando, aunque -como dicen nuestros textos- “En cada generación se levantará un faraón que intente aniquilarte”.

La esclavitud y la discriminación  no era un tema de los esclavos. La persecución y asesinato de los cristianos no era un tema de los cristianos. Los incesantes femicidios no son un tema de las mujeres. Son temas de todos.

Dividir a la humanidad en compartimentos estancos, donde cada grupo debería ocuparse de sus desgracias ante la mirada indiferente de los otros, se parece a una cruel distopía, a un modo de vida donde la misma palabra “humanidad” pierde todo sentido.

La Shoá no es un tema judío, aunque los judíos tengamos el indelegable deber de mantener viva la memoria de nuestros muertos. No para regodearnos en las lágrimas, sino para alertar a todos acerca del peligro de la indiferencia.

Parafraseando el poema falsamente atribuido a Brecht, “hoy vinieron por el otro, mañana vendrán por mí”. No tengan dudas: el terror, la crueldad, el totalitarismo, el odio son manchas de aceite en el océano. Agujeros negros de muerte y exterminio capaces de devorar todo lo que hemos  tardado milenios en construir.

Como en un siniestro dejá-vu, el mundo acaba de presenciar, azorado, la masacre del 7 de octubre. Las primeras víctimas del terrorismo fueron jóvenes que cantaban y bailaban, familias enteras durmiendo en sus casas, habitantes de tranquilos kibutzim progresistas. Cuando hablamos del tema y alguien me dice “yo no participo en este debate porque soy pacifista”, le respondo: Nadie más pacifista que los atacados ese día.

Quien se desentiende del espanto está enarbolando esa indiferencia cómplice, esa supuesta neutralidad que lo deshumaniza y lo pone del lado de los asesinos. Quien no levanta la voz y no se pone del lado de las víctimas, multiplica el crimen. Es peor todavía, porque ignora, irresponsablemente, la amenaza que está sobre su propia cabeza.

¿Saben por qué? Porque el antisemitismo no es un problema de los judíos. Es la más virulenta, persistente y demencial infección en el seno mismo de la cultura. Una infección que se expande y contamina a todos. A lo largo de la historia, se usaron diferentes argumentos para justificar el odio: la sangre, la raza, la religión, las costumbres, el aspecto físico… fueron señalados y encontrados culpables.

Se acusa a los judíos de todas las barbaridades posibles: que hemos matado a Dios. Entonces  quien ha cometido “deicidio” es un genocida en potencia.

Fuimos víctimas de masacres, pogromos, persecuciones y eliminaciones a lo largo de los siglos que impidieron un crecimiento demográfico como el de otros pueblos.

Se acusa a Israel de apartheid: Israel, la única democracia de Oriente Medio, donde cualquiera -independientemente de su religión, sexo o nación de origen- puede ocupar una banca en el Parlamento o ejercer cargos políticos, profesionales o jurídicos.

Se acusa a Israel de colonialistas invasores: Israel -con residencia de judíos en la zona desde hace miles de años- ocupa una porción ínfima del mapa.

Se acusa a Israel de desproporción en la respuesta. Que el mundo pretenda dar una lección escenográfica para que la escena de la guerra defensiva sea elegante es una pretensión que no se le pidió a nadie jamás. Imaginen a la ex URSS defendiéndose de la invasión nazi y al mundo pidiéndole una respuesta proporcional o a Estados Unidos en Pearl Harbour.

Lo más insólito e increíble es que el mundo desarrollado siga comprando y propagando esas estupideces, y que siga escribiendo nuevos capítulos de los macabros Protocolos de los Sabios de Sión. ¿Nadie advierte ese núcleo de inmundicia y de oscurantismo en medio de la civilización?

Solo unos pocos países se levantan para expresar su repudio a las mentiras fundamentalistas y afirmar su solidaridad con Israel. El presidente Milei es uno de los escasos valientes que lo hace. Entre la maraña de desinformación o de mentiras intencionales que difunden los medios, varios periodistas y personas de la cultura en Argentina y en el mundo afirman, explícitamente, el irrenunciable derecho de Israel a existir y defenderse. ¡Toda la honra para ellos!

Desde el 7 de octubre, alertados por el aumento de las denuncias por hechos antisemitas en nuestras universidades, hemos trabajado profundamente junto a las autoridades de las diversas casas de estudio del país.

El compromiso asumido nos permitió prevenir situaciones como, las que con tanta preocupación, vemos expandirse en otras latitudes, donde estudiantes y docentes judíos son hostigados, violentados y amenazados para impedir que ingresen a los campus académicos.

Sin embargo, son tiempos en los que debemos permanecer alertas y seguir trabajando con convicción, para que el antisemitismo, reformulado hoy en antisionismo, no se apropie de los discursos y se propague entre nuestros jóvenes.

Por eso, hemos tomado esa delantera. La semana que viene se hará una conferencia de prensa en el Rectorado de la UBA con las otras confesiones para decir que eso aquí no.

Se cumplen ahora 30 años del atentado a la AMIA, otro sombrío capítulo del mismo libro del horror. Recién hoy, luego de 30 años tres jueces valientes han puesto en negro sobre blanco la responsabilidad de Irán en el terror. Judeofobia, antisemitismo, antisionismo, los nombres cambian, el impulso mortífero permanece.

Pero seamos claros: el arrasamiento de Israel -como antes el proyecto de aniquilación de los judíos del mundo- es sólo la punta de lanza de una campaña demencial contra el mundo civilizado, los valores occidentales, la democracia y las sociedades modernas. ¿O es que no se dan cuenta que vienen por todos?

Acabamos de finalizar la festividad de Pésaj, que conmemora la liberación de los judíos de la esclavitud en Egipto. En el ritual milenario que se lleva a cabo en los hogares, se habla de cuatro hijos que preguntan. Uno de ellos (el hijo desconsiderado) interroga: ¿qué significa esta historia para ustedes? Él se cree al margen de esta gesta y no sabe que, si no hubiera sido por lo que allí se vivió y se sufrió, él mismo no estaría en ese momento sentado a la mesa festiva.

No se engañen: nosotros, ustedes, todos somos afectados por el terror, el fanatismo y la locura. Judíos y no judíos, simplemente humanos, quienes deseamos llevar adelante una vida de libertad, progreso, educación y prosperidad estamos en la mira de los profetas del odio. Nada quedará en pie si no afrontamos con decisión y coraje la defensa del mundo civilizado.

En estos momentos en que estamos aquí, ¡hay nueve argentinos secuestrados en Gaza! Junto a más de cien rehenes, nueve compatriotas de los que no sabemos nada: si viven; si pasan hambre; sed; si se los tortura o si están enfermos. No podemos dejarlos librados a su suerte. Que quede claro, libertad para ellos y todos los secuestrados, ya.

Porque otra vez, como tantas veces en la historia, quisieron matarnos, quieren matarnos. Quieren eliminar lo que somos y lo que representamos. Pero el pueblo judío permanece, se fortalece y se une para poner freno a la locura y a la muerte.

El imperativo judío por excelencia es NO OLVIDAR. No, no olvidamos, no miramos para otro lado, no permanecemos con los brazos cruzados ante el avance del horror que es el terror.

Esperamos que todos y cada uno de ustedes comprendan la gravedad de la hora y asuman la responsabilidad de la tarea que nos toca.

“Y contarás a tus hijos”, es el otro imperativo de Pésaj. Que nadie se esconda en la ignorancia ni se haga el distraído. Es preciso recordar y actuar para que las generaciones venideras puedan, en efecto, ser venideras. Venir a un mundo donde el amor, la solidaridad y la esperanza tengan lugar. Para que siga habiendo humanidad.

Quisieron y querrán matarnos pero no pudieron ni podrán.

¡AM ISRAEL JAI!

Muchas gracias….

JK